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Mis primeras gafas

Es difícil empezar a escribir algo cuando tienes tantas cosas que contar. Los inicios suelen ser complicados, pero a mi me gustan las cosas sencillas. Es por eso que me presentaré tal y como soy. Y como yo soy una chica con gafas, no me podéis conocer si no entendéis el por qué de amor por ellas. Sí, es amor.

Mi nombre es Natalia y soy periodista, amante de la gafas y usuaria (de miles) de ellas.

Mis primeras gafas eran redondas, metálicas y en tonos pastel. Tenía cuatro años y unos cuantos problemas en mis ojos. Además, odiaba las gafas. Las odiaba por que mis padres (benditos) me obligaban a ponerlas. Si a eso le añadimos un (horrible) parche en un ojo…el resto lo podéis imaginar.

Mi pubertad transcurrió con unas enormes gafas de pasta con motivos florales, y afortunadamente, sin parche. Época de la que prefiero no hablar mucho. Traumada con una gafas que yo elegí, y que me negaba a poner. La única niña de una clase con gafas. Cada día era algo diferente: cuatro-ojos, gafotas, topacio (para los que no lo entendáis: un ojo aquí y otro en el espacio), pirata (el tema del parche fue muy duro y recordado desde mis más tierna infancia)…y un largo etcétera de nombres propios de una edad temprana en la que “no se tiene maldad”.

Mi adolescencia empezó con una rebelión:
– Mamá, empiezo al instituto, o me compras otras gafas o no me las pongo.

Quinceañera rebelde y madre desesperada por que su hija se callase, las conseguí. No concebía ir al “Insti” con unas gafas con motivos florales. La gente de “Al salir de clase” llevaba gafas tan modernas que yo me quitaba las mías según salía de mi casa.

Así fue como llegué mi primer día de instituto. Flamante con mis gafas de pasta negra, minúsculas, que mis padres (benditos otra vez), me compraron por una cantidad ingente (e indecente)
de pesetas.

Lo curioso es que a lo largo de mi vida había tenido solo 4 gafas. Hasta que un día todo cambió.

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Con la autorización de mi hermano, aquí os dejo la foto de mis primeras gafas.

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